 CONDONES
LA
INSIGNIA: Horacio
Verbitsky, Argentina, 20 de enero del 2005.
1. "Inconsistencia
y zizagueo"
...
En la misma ciudad [Madrid] y en la misma semana, otra
rectificación. Adolfo Francisco Scilingo dice
ante el tribunal que lo juzga por torturas, terrorismo
y genocidio que nunca mató a nadie, que todo
fue un invento y que de joven quería ser actor.
Estuvo en la ESMA, pero no tenía acceso al grupo
de tareas y sólo se enteró de lo que ocurría
años después leyendo la prensa. Un día
dice que la Izquierda Unida le pagó para contar
la historia de los vuelos, en términos acordados
con el juez Garzón. Al día siguiente,
que lo hizo para vengarse de Massera, quien había
ordenado secuestrar a su hermana, que era militante
y que debió pasar a la clandestinidad y por ello
enfermó y murió. También pretende
que se autoinculpó para que se investigara. Igual
que el Episcopado español, Scilingo parte en
desventaja frente a la sociedad, por la inconsistencia
y zigzagueo de sus posiciones. Los españoles
lo conocieron en 1997 cuando llegó desde la Argentina
y en un programa especial de televisión contó
su pesar por los dos vuelos sobre el mar en los que
arrojó al agua a 30 personas. España conoció
salvajismos semejantes entre 1936 y 1939 cuando, según
Bernanos, se fusilaba como quien tala árboles.
Pero ésa fue una guerra civil de verdad y nadie
contó cómo había matado a personas
dormidas. "Soy un asesino", dijo entonces
Scilingo, fragmento que Indira García repitió
ahora en su Informe Especial de Antena 3 después
de escuchar con admirable paciencia a la mujer del marino,
que cita códigos y tratados como un ave negra,
pero es incapaz de contestar la pregunta más
elemental sobre sus sentimientos ante los hechos.
2.
"De la tragedia al esperpento".
El
periodista español que entrevistó entonces
a Scilingo, Vicente Romero, declaró
al tribunal que el marino era un hombre con una necesidad
desesperada de confesarse. Es lo mismo que sentí
en la docena de entrevistas que tuvimos entre noviembre
de 1994 y febrero de 1995 y los espectadores que lo
vieron por televisión en la Argentina. Scilingo
fue el primero y hasta ahora el único militar
en asumir a fondo la dimensión trágica
de los crímenes en los que participó y
por vía de la confesión intentó
recuperar al menos parte de la humanidad perdida. Al
principio su planteo era casi gremial: si todos habían
hecho lo mismo, ¿por qué algunos eran
premiados con el ascenso y otros, como Pernías,
Rolón y Astiz, castigados con la interrupción
de su carrera? Recién después de muchas
horas se quebró ese caparazón y apareció
la motivación profunda, la culpa devastadora
que no pudo mitigar ni con la religión, ni con
el alcohol ni con las drogas, los rostros dormidos y
los cuerpos desnudos que lo acosaban en sueños.
Aquello que las jerarquías eclesiásticas
consultadas por la Armada habían llamado "una
forma cristiana de muerte".
¿Cómo conciliar a ese personaje trágico
con el esperpento simulador que hace diez días
desmintió con los hechos la idea de que pudiera
tener algún talento para la actuación?
Aun en el momento de la retractación hizo todo
mal, como para que no quedaran dudas de cuándo
dijo la verdad y cuándo mintió. Después
de seis semanas de presunta huelga de hambre entró
a la sede de la Audiencia Nacional caminando, mientras
conversaba con los guardias que lo conducían.
Pero en cuanto debió sentarse en la silla de
los acusados, fingió mareos y desmayos que no
le permitían oír ni hablar. Los médicos
que lo revisaron dictaminaron que esos eran fenómenos
producidos por su voluntad. Entonces anunció
que estaba dispuesto a declarar y lo hizo con tal energía
que los jueces debieron hacerlo callar.
3.
"Las cartas".
Cuando
me tocó testimoniar, de frente a los tres magistrados,
sentía los movimientos nerviosos de Scilingo
en su silla, a mis espaldas. Recordé el reportaje
que le hice al mes de publicada su confesión,
cuando dijo que se sentía aliviado y que "todos
los que cometimos estas barbaridades deberíamos
estar presos". Hablé de la compulsión
con que decidió viajar a España, pese
a que sus abogados le hicieron saber que no conseguiría
el status de testigo protegido, porque no era testigo
sino partícipe. Conté que después
de ser detenido me llamó desde su primera celda
en Carabanchel: se lo escuchaba conforme, como quien
ha logrado una meta tan anhelada como temida. Llamé
la atención del tribunal sobre una serie de cartas
intercambiadas entre Scilingo y distintos organismos
de la Armada, que ya había entregado al juez
instructor cuando testimonié en noviembre de
1999 y que destruyen los argumentos con los que Scilingo
intentó rectificarse. En una de ellas, en papel
con membrete y sellos de la Armada, Scilingo implora
a la Junta de Calificaciones que no trunque su carrera
negándole el ascenso. Allí narra "un
suceso que me ocurriera durante un vuelo que realizara
en un avión Skyvan de la Prefectura Naval Argentina
en el año 1977 en el que cumpliendo tareas relacionadas
con la guerra contra la subversión y mientras
la aeronave tenía su compuerta abierta, perdí
pie y estuve a punto de caer al vacío, hecho
que fue evitado por la rápida intervención
de uno de los tripulantes". La Armada acepta el
argumento y decide postergar por un año la decisión
sobre su ascenso. ¿Alguien puede creer que en
ese avión preferido de los paracaidistas, sacaban
a pasear a los presos y abrían la portezuela
para que tomaran sol y respiraran el aire fuerte del
mar? Esa carta, cuya autenticidad Scilingo reconoció
ante los magistrados, fue escrita en 1985, casi diez
años antes de que yo me cruzara con él
en el subte de Buenos Aires y comenzara a escuchar su
historia, once antes de que los argentinos residentes
en Madrid pusieran en marcha la acusación popular
que dio lugar al proceso español.
4.
"Motivaciones".
Me
preguntan si alguien más escuchó las confesiones
de Scilingo. Sí, la compañera de Rodolfo
Walsh, Lilia Ferreyra, quien trabajaba conmigo en aquella
época. También el actual fiscal del Tribunal
Penal Internacional, Luis Moreno Ocampo. Según
Scilingo lo había ido a ver para contarle su
historia, pero no quiso escucharlo. Moreno Ocampo me
dio otra versión. "Vino con la mujer. Primero
dijo que sólo había llevado a algunos
detenidos a marcar compañeros por la calle. Pero
después contó que también intervino
en un secuestro. Y cuando le tocó participar
en un vuelo, descubrió que el hombre que él
había secuestrado estaba a bordo del avión.
Pese a la inyección ese prisionero se despertó,
semiinconsciente se resistió a ser tirado y casi
lo arrastró al vacío. Después de
la Obediencia Debida y del indulto no había posibilidad
de abrir una investigación judicial. Me pidió
que lo pusiera en contacto con la revista Somos, pero
preferí no meterme. Tenía motivaciones
muy cruzadas: el recuerdo le impedía dormir,
la Armada lo estaba sumariando por algo que había
hecho y además quería plata por contar
su historia."
Scilingo también dijo que llevó su historia
a Somos y no sólo la rechazaron sino que además
dieron aviso a la Armada. Pero el ex director de la
revista, Raúl García, lo niega. Dice que
Scilingo ofreció contar su historia por diez
mil dólares y que cuando le pidieron plazo para
decidir, desapareció. A mí nunca me pidió
dinero. Uno de los abogados de la acusación popular
me preguntó si Scilingo me había formulado
algún reclamo por el libro en el que consta la
confesión que ahora niega. Nunca, respondí.
Incluso me ha seguido escribiendo desde la cárcel
de Alcalá Meco, hasta hace pocos meses, sin desdecirse
de nada. El presidente del tribunal, Fernando García
Nicolás, se asombra y me pregunta si conservo
esa carta. Cuando se la entrego llama a Scilingo al
estrado.
-¿Usted escribió esta carta?
-Sí, es mi letra.
-¿Y usted se la envió al testigo?
-Sí señor.
En realidad no es una carta sino dos. Una muy atenta
para mí y otra para el nuevo jefe de la Armada,
su compañero de promoción Jorge Godoy,
cuya difusión me pidió. Scilingo le pregunta
cómo pudo decir en su discurso del 3 de marzo
de 2004 que supo por la Justicia las aberraciones que
ocurrían en la ESMA, cuando ambos las habían
conocido de primera mano y habían estado de acuerdo
en que ése era el método correcto para
lo que la dictadura llamaba "lucha contra la subversión".
El magistrado Jorge Campos Martínez, el mayor
de los tres, quien hace poco fue operado de un aneurisma
y dormita sin que nadie lo incomode durante la audiencia,
advierte que algo importante está ocurriendo
y concentra su atención. El magistrado ponente,
José Ricardo de Prada, el más joven del
tribunal, observa con la inteligencia que da el conocimiento
de los hechos, la presencia de una nueva prueba que
desmorona la retractación. La idea del desconocimiento
de los hechos que pretende instalar ahora Scilingo no
resiste el cotejo con esa carta. Los tres jueces no
llevan la peluca blanca de los abogados británicos
que vi durante una audiencia del juicio a Pinochet en
Westminster, pero visten las togas negras de los grabados
de Daumier, con sutiles bordados de pasamanería
de hilo blanco en las mangas. El toque de modernidad
lo da el asistente en mangas de camisa a quien encargan
que saque copias de la carta para acusadores y acusado.
5. "El hombre del
ascensor".
La desmentida de Scilingo tampoco se
sostiene frente al testimonio de una sobreviviente que
transmití al tribunal. Scilingo había
dicho que una vez entró al casino de oficiales
donde funcionaba el centro de detención y torturas
para reparar un ascensor y allí conversó
con una mujer embarazada. Un video grabado por la BBC
de Londres, que también hice llegar al tribunal,
sugería que esa mujer podía ser la catequista
María Marta Vázquez Ocampo, secuestrada
en mayo de 1976, y cuyo destino nunca se conoció.
La filmación reproduce el diálogo de Scilingo
con la madre de María Marta, que no ha cejado
en su búsqueda. Hace pocos meses, el hermano
de María Marta, José María Vázquez
Ocampo, actual secretario de asuntos técnicos
militares del Ministerio de Defensa, localizó
a Marta Remedios Alvarez, quien le contó que
fue ella quien habló con Scilingo en febrero
de 1977. Con su panza de ocho meses había sido
alojada en un camarote del tercer piso, frente a la
maquinaria del ascensor. En febrero de 1977 estaba en
ese cuarto con la puerta abierta, un salto de cama color
rosa y grilletes en sus pies. Un hombre con el uniforme
azul de verano de la Armada subió a arreglar
la maquinaria del ascensor. "Me mira y me pregunta
mi nombre y para cuándo esperaba mi bebé.
Estuvo aproximadamente dos horas realizando las reparaciones".
En marzo de 1995, cuando Scilingo cobró notoriedad
pública, Marta Alvarez reconoció en él
al hombre del ascensor. "En esas dos horas pudo
observar el constante tránsito de los secuestrados,
conducidos al baño o a las salas de interrogatorio,
encapuchados, esposados y engrillados", le dijo
al hermano de María Marta. La acusación
popular pedirá que se cite a Marta Alvarez a
declarar por videoconferencia en Buenos Aires ante el
juez federal Claudio Bonadío.
6. "El
careo".
El
defensor de oficio de Scilingo pide un careo para aclarar
contradicciones. García Nicolás asiente
y una vez más, Scilingo cede ante los duros hechos.
Dice que le pagué 3500 pesos por las entrevistas
para el libro. Cuando respondo que sólo le di
200 pesos a su mujer, mucho después de publicado
el libro, porque necesitaba comprar un remedio para
una hija enferma, él admite que no había
sido un pago por el libro sino "un gesto de buena
voluntad". El magistrado lo mira con el mismo desconcierto
que cuando reconoció la carta a Godoy y más
que preguntar comenta:
-Si no se trató de un pago, ¿qué
importancia tiene si fue una suma u otra?
El defensor quiere saber qué me sugiere el hecho
de que Scilingo y yo hayamos militado en bandos opuestos.
"Cuánto ha cambiado la sociedad argentina
para que ese diálogo haya sido posible",
respondo. También puso en duda que entre noviembre
de 1994 y marzo de 1995 hubiera podido ordenar todo
el material del libro. Le expliqué que difundí
el primer trabajo sobre la ESMA en forma clandestina
el mismo año 1976 y que cuando conocí
a Scilingo llevaba dos décadas de publicar artículos
y libros sobre la guerra sucia, que tengo archivos bien
ordenados, incluidos en El Vuelo junto con la transcripción
de las cintas grabadas. El juez le da la palabra a Scilingo.
"Las fechas son las que expuso el testigo",
dice, contradiciendo a su defensor. Se refugia entonces
en su última trinchera, la más inverosímil
de las coartadas para su retractación. Dice que
nunca le presté la menor atención a la
historia de su hermana, que no quise escucharlo. Todo
lo contrario, digo, esa historia constituye el remate
del libro. Textualmente:
"¿Yo le conté que mi hermana estaba
con los montoneros? -preguntó.
-Nunca.
-Militaba en la universidad. Con papeles, sin armas.
Era noble e idealista. Discutíamos mucho. Se
burlaba de mí, me decía que yo no entendía
nada. Traté de convencerla de que se apartara.
No me hizo caso y siguió. Por suerte no le pasó
nada. Después llegamos a ser muy amigos, más
que hermanos.
-¿Y ahora?
-Murió de un cáncer, a los 42 años.
Al evocarla sonríe, beatífico, como si
aún fuera incapaz de imaginar la posibilidad
del encuentro entre la víctima anónima
y el burócrata de la muerte, a bordo de un Skyvan
de la Prefectura o un Electra de la Armada."
Fin del libro.
El asunto recibió el realce que merecía,
porque pone de relieve la fractura profunda que llegó
al interior de muchas familias. Pero la hermana de Scilingo
murió once años después de la dictadura,
de una enfermedad cuyo nexo con la clandestinidad fue
argüido por Scilingo mucho después y sin
ninguna prueba, junto con su presunta inquina contra
Massera. Lejos de abrigar sentimientos vengativos hacia
Massera, en los años de la persecución
a su hermana sentía por él "total
y absoluta admiración. Al año siguiente
de estar en la Escuela de Mecánica hubo una cena
y por casualidad me hicieron cenar al lado del almirante
Massera. ¡No se imagina lo orgulloso que estaba!"
7.
"Los juicios pendientes"
La
burda simulación del primer día de audiencias,
el reconocimiento de la carta a la Junta de Calificaciones
en la que hablaba de su participación en los
vuelos ya en 1985; de la carta que me envió sin
desmentidas ni reproches aun después de retractarse;
de la carta a Godoy de marzo de 2004 donde menciona
el conocimiento y la aprobación de los métodos
que se empleaban en la ESMA, sugieren que, a pesar de
la ingenua táctica sugerida por el defensor privado
Fernando Pamos de la Hoz, que Scilingo contrató
y vaya a saber quién pagó luego de la
detención en Londres de Pinochet, sigue prevaleciendo
sobre cualquier otra actitud la culpa por lo que hizo.
La confesión de Scilingo en 1995 puso en movimiento
una sucesión de hechos que culminaron en 2001
con la nulidad de las leyes de punto final y de obediencia
debida, solicitada por el CELS al juez Gabriel Cavallo,
y la detención de un centenar y medio de ex funcionarios
de la dictadura militar. La previsible condena de Scilingo,
en un procedimiento de cooperación entre los
sistemas judiciales de la Argentina y España,
sugiere que los autores de ciertos crímenes odiosos
para toda la humanidad no podrán encontrar refugio
en ningún rincón del mundo y que su única
defensa es el uso desnudo de la fuerza, al margen del
derecho, como la que Estados Unidos ejerce para eludir
el alcance del Tribunal Penal Internacional creado por
el Tratado de Roma. Su texto dice que esa jurisdicción
es subsidiaria y corresponde cuando los crímenes
no sean juzgados allí donde se cometieron. Ya
sólo falta que la Corte Suprema de Justicia confirme
la nulidad de las leyes de Alfonsín y los decretos
de Menem, para que los próximos juicios se celebren
en la Argentina. El tiempo es ya.
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